Atravesando el valle de sombra de muerte
Hay momentos en la vida en que las convicciones que guardamos en la mente son puestas a prueba por medio de las dificultades. Muchas veces creemos estar preparados para afrontarlas, pero —al igual que Job, que maldijo el día de su nacimiento— es en medio de la prueba cuando realmente se revela si esas convicciones son firmes y auténticas en nuestra vida.
Con frecuencia damos consejos y animamos a otros, e incluso nos cuesta entender cómo algunas personas no logran superar ciertas situaciones. Pensamos que se resisten a la voluntad de Dios, que tienen un corazón endurecido y no se dejan moldear por Él. Sin embargo, cuando somos nosotros quienes pasamos por ese valle de sombra de muerte, es muy probable que también lleguemos a maldecir el día en que nacimos o, en otros casos, deseemos la muerte.
Es entonces cuando recordamos salmos que expresan la angustia y el dolor de estar en lo profundo del pozo, sin encontrar salida, como se menciona en el Salmo 130.
A veces creemos conocer fielmente la voluntad de Dios, pero en la adversidad nos damos cuenta de que somos más ignorantes y atrevidos de lo que pensábamos, al suponer que entendemos el plan divino para nuestro futuro.
Es cierto que podemos conocer parte de Su voluntad revelada en la Palabra —nuestros deberes, responsabilidades y también los privilegios inmerecidos que recibimos al aceptar a Cristo por la gracia de Su salvación y por la herencia ganada en Su victoria—. Pero en otros aspectos, como hacia dónde quiere Dios que vayamos o qué lugar ha preparado para nosotros, solo lo descubriremos si cultivamos una comunión íntima y constante con Él, día tras día, aprendiendo a reconocer la voz de Su Espíritu Santo.
Por eso, los momentos de crisis no tienen solo el propósito de darnos algo mejor —como solemos pensar—, sino que muchas veces su fin es probar y fortalecer nuestra fe a través del fuego.
Esto implica que no siempre veremos cumplidos los anhelos o peticiones que tenemos, porque aunque Dios podría concedérnoslos, su prioridad es perfeccionarnos en la fe. Tal como declara el Salmo 138, Él desea formarnos con un corazón humilde, un alma fortalecida y un espíritu que sepa adorarlo de verdad.
Dios está siempre con nosotros, aunque a veces sea difícil comprenderlo.
Hace poco, mientras realizaba tareas del hogar, le pregunté al Señor: “Dios, al menos dime si estás conmigo, o si ya me has abandonado”. La prueba que atravesaba era tan intensa que no veía salida, y me sentía como el pueblo de Israel frente al mar, perseguido por su enemigo.
Aun así, recordé que ese pueblo tenía una columna de fuego y una nube en el desierto. Pero nosotros, en medio de nuestras pruebas, solemos fijar la mirada solo en el mar que tenemos delante, olvidando que Dios sigue guiándonos.
Ese mismo día, mientras seguía angustiado y le planteaba esa pregunta a Dios, mi esposa —poco después de que terminara mis labores— me compartió un mensaje. Era el testimonio de una persona, y decidí escucharlo hasta el final.
Lo asombroso fue que, al cerrar el mensaje, esa persona dijo: “No lo olvides, Dios no te ha abandonado. Él está contigo”.
Muchos pensarán que fue una coincidencia. Pero cuando tienes una relación diaria con Dios, sabes en tu interior que esas respuestas no son casualidad. No solo llegan en el momento justo, sino que, con el tiempo, aprendes a reconocer que ese es uno de los modos en que Él te habla y confirma que está presente.
Tal vez tú pienses: “Dios a mí no me responde”. Pero estoy convencido de que Él está más atento a ti de lo que imaginas.
No te desanimes ni pierdas la fe, porque aunque la respuesta de Dios a veces parezca tardar, siempre llega a tiempo. Llega para transformar, moldear y cumplir en nosotros el propósito para el cual fue enviada desde Su boca.
Y como declara el Salmo 138:8, Él cumplirá su propósito en nuestra vida.


